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Los amantes. Hombre y mujer. Egon Schiele. 1914. |
Entrar en una sala donde cuelga una pintura de Egon Schiele produce una sensación semejante a abrir una carta que nunca debimos leer. No hay bienvenida. Tampoco cortesía. Sus personajes nos reciben como reciben los árboles al viento: sin intención de agradar. Sus cuerpos están demasiado cerca de nosotros para ser bellos y demasiado lejos para convertirse en retratos. Parecen habitantes de un territorio donde la piel aprendió a pensar.
Quizá por
eso la obra de Egon Schiele sigue provocando el mismo desconcierto que
hace más de un siglo. El tiempo suele domesticar a los artistas; los convierte
en estampas para calendarios, tazas de café o paraguas de museo. Schiele se
resiste. Continúa siendo incómodo. Sus cuadros no envejecen porque fueron
pintados en la materia prima de toda época: la incertidumbre.
Nació en Tulln,
Austria, en 1890, cuando Europa todavía confiaba en que la razón bastaba
para explicar el mundo. Pocos años después esa confianza comenzaría a
resquebrajarse. Freud descubriría habitaciones desconocidas dentro de la mente;
Nietzsche declararía agotadas las certezas heredadas; Viena se convertiría en
un laboratorio donde la música, la arquitectura, la filosofía y la pintura
parecían competir para demostrar que el siglo XIX había terminado.
En ese
escenario apareció un muchacho que dibujaba con la precisión de un anatomista y
la impaciencia de un poeta.
Su paso
por la Academia de Bellas Artes parecía anunciar una carrera convencional, pero
la historia rara vez concede tranquilidad a quienes nacen para desafiarla. Allí
conoció a Gustav Klimt, el gran arquitecto del modernismo vienés,
capaz de cubrir un cuerpo con pan de oro hasta convertirlo en un ícono. Klimt enseñaba que la superficie también podía ser un misterio.
Schiele
comprendió la lección y, acto seguido, hizo exactamente lo contrario.
Mientras
su maestro envolvía la figura humana con símbolos y ornamentos, él decidió
despojarla de cualquier protección. Eliminó el decorado, expulsó la elegancia y
dejó al cuerpo solo frente al espectador. La piel dejó de ser una frontera para
convertirse en una ventana.
Allí
comienza realmente el expresionismo austriaco.
Muchos
artistas pintan músculos. Schiele pintó tendones. Otros retrataron rostros; él
dibujó el esfuerzo de sostenerlos. Sus personajes parecen estar hechos de
alambres demasiado tensos. Las manos no descansan: se crispan. Los hombros
cargan un peso invisible. Los ojos no miran hacia afuera; parecen vigilar un
incendio interior.
Las
deformaciones que caracterizan el estilo de Egon Schiele nunca fueron un
capricho formal. Son la gramática de una emoción. Si un cuerpo se retuerce es
porque la realidad también lo hace. Si una figura parece quebrarse, es porque
la conciencia rara vez permanece intacta.
En esto
Schiele se encuentra con Friedrich Nietzsche sin necesidad de ilustrar
ninguna de sus páginas. Ambos sospechan que la verdad no suele presentarse con
buenos modales. Ambos desconfían de la belleza cuando esta pretende ocultar el
conflicto. Ambos entienden que la creación artística consiste menos en decorar
el mundo que en soportarlo.
Las
líneas rápidas y cortantes de las pinturas de Egon Schiele parecen
registradas por un sismógrafo emocional. No describen un cuerpo: registran sus
temblores. El dibujo funciona como un electrocardiograma del espíritu. Cada
trazo acusa una descarga nerviosa.
Por eso
contemplar un cuadro suyo exige un esfuerzo distinto al que requieren otros
maestros. Frente a Claude Monet uno aprende a mirar la luz; frente a Vincent
van Gogh descubre que el paisaje también posee un sistema nervioso; frente
a Schiele comprende que la verdadera geografía está debajo de la piel.
Los desnudos
de Egon Schiele provocaron escándalo porque llegaron demasiado pronto. La
sociedad aceptaba el cuerpo siempre que fingiera inocencia. Él rechazó ese
pacto. Sus modelos no representan la perfección anatómica ni el erotismo
elegante. Respiran deseo, cansancio, ansiedad, hambre de afecto y miedo al
abandono. No seducen al espectador; lo obligan a reconocerse.
Hablar de
sexualidad en el arte a partir de Schiele significa abandonar la
comodidad de los discursos morales para entrar en una región mucho más
incierta. El deseo aparece inseparable de la vulnerabilidad. El placer lleva
incorporada la posibilidad de la pérdida. Cada abrazo contiene la sombra de una
despedida.
Eso
explica la fuerza de Los Amantes. Hombre y mujer, una de las obras más
estudiadas del pintor. La pareja se funde en un abrazo que parece protegerlos
del mundo y, al mismo tiempo, anunciar que ningún refugio es definitivo. El
amor deja de ser una promesa para convertirse en una tregua. Los cuerpos se buscan
porque saben que el tiempo terminará separándolos.
No es casual
que psicólogos, psiquiatras e historiadores del arte hayan encontrado en esa
pintura un territorio fértil para explorar el inconsciente, la pulsión y la
fantasía. Schiele comprendió algo que hoy parece evidente, pero que entonces
resultaba casi escandaloso: el ser humano no gobierna completamente sus deseos.
Muchas veces son ellos quienes gobiernan al ser humano.
La muerte
recorre toda su producción sin levantar la voz. No necesita aparecer como un
esqueleto para hacerse presente. Vive en la fragilidad de los gestos, en la
delgadez extrema de las figuras, en la piel que parece estirada sobre un puñado
de huesos. Cada cuadro recuerda que existir consiste también en comenzar a
desaparecer.
La
biografía quiso parecerse a la pintura. Egon Schiele murió en 1918, con
apenas veintiocho años, víctima de la epidemia de gripe española. Había
producido en menos de una década una de las transformaciones más profundas del arte
expresionista europeo. Algunos artistas necesitan una larga vida para
construir una obra inmensa. Schiele necesitó únicamente una mirada que nadie
había tenido antes.
Quizá esa
sea la razón por la que seguimos regresando a él. Sus cuadros no ofrecen
respuestas. Funcionan como los espejos de los parques de diversiones: deforman
nuestra figura para revelar una verdad que el espejo cotidiano prefiere
ocultar. Salimos distintos de como entramos. No porque hayamos aprendido algo
nuevo sobre Schiele, sino porque descubrimos algo antiguo sobre nosotros
mismos.
El
verdadero legado de Egon Schiele no consiste en haber cambiado la
historia del arte. Consiste en haber demostrado que un simple trazo puede
contener la misma intensidad que una confesión y que el dibujo, cuando alcanza
su forma más alta, deja de representar el cuerpo para retratar la conciencia.
Esa es la clase de pintura que no se contempla: se sobrevive.
