Medea me cantó un corrido: furia, mito y barrio.

Medea me cantó un corrido de Dahlia de la Cerda, reseña de literatura mexicana contemporánea

Medea me cantó un corrido, de Dahlia de la Cerda, reinterpreta el mito clásico
desde la violencia y la realidad mexicana contemporánea.  Detalle de portada.


Medea me cantó un corrido, de Dahlia de la Cerda, reinterpreta el mito de Medea desde la violencia y las desigualdades del México contemporáneo. Sus relatos entrelazados combinan humor negro, oralidad, cultura popular y una perspectiva feminista para narrar mujeres que enfrentan relaciones abusivas, crimen organizado, aborto y pérdida, convirtiendo la venganza en una forma de supervivencia.


Hay libros que uno abre esperando literatura y termina recibiendo una patada en la espinilla. Medea me cantó un corrido pertenece a esa categoría. No entra caminando: llega en un Jetta, con música a todo volumen, malas palabras perfectamente administradas y una Medea que parece haber cambiado el palacio de Corinto por una esquina mexicana donde la tragedia clásica aprendió a decir “¿sí ubicas?”. Y lo sorprendente es que funciona.

Dahlia de la Cerda construye seis relatos interconectados alrededor de mujeres enfrentadas a violencia, relaciones abusivas, aborto, crimen organizado y estructuras de poder. La editorial Sexto Piso publicó el volumen en 2025, con 110 páginas. La recepción ha sido polarizada: mientras algunos lectores y críticos celebran su oralidad y potencia política, otros cuestionan precisamente esa oralidad y consideran insuficiente su tratamiento de Medea.

Yo estoy del lado de los primeros, aunque con una condición: hay que leer el libro como lo que quiere ser, no como lo que algunos desearían que fuera.

La operación central es brillante. De la Cerda toma a Medea, una de las figuras más complejas de la tragedia griega, y la baja del pedestal académico para ponerla en circulación por el México contemporáneo. No intenta convertirla en una pieza de museo. La contamina de presente. La viste de negro, la mete en un Jetta y la convierte en acompañante, consejera y cómplice de mujeres que atraviesan situaciones límite.

¿Es irreverente? Por supuesto. ¿Es precisamente ese el punto? También.

El libro entiende algo que muchas adaptaciones de los clásicos olvidan: actualizar un mito no significa ponerle celular a Aquiles y hacerlo subir historias a Instagram. Significa descubrir qué conflicto permanece vivo después de que desaparecen los dioses. En Medea, ese conflicto es la traición, el abandono, la desigualdad y la rabia de una mujer que ha entregado demasiado a un hombre que después la considera reemplazable.

De la Cerda convierte esa vieja herida en literatura feminista mexicana, pero evita escribir un tratado. Su herramienta principal es la voz.

Y esta es una de las grandes virtudes del libro: la oralidad. Sus mexicanismos, sus giros coloquiales, su ritmo conversacional y su incorporación de corridos, cumbias y perreos construyen una música narrativa reconocible.

Muchos lectores pueden encontrar ese registro excesivo. Yo diría que justamente ahí está el riesgo que vuelve interesante a la autora. De la Cerda no quiere que sus personajes hablen como personajes literarios; quiere que parezcan estar hablando contigo mientras esperas el camión, haces scroll en TikTok o escuchas una canción que juraste no volver a poner.

La prosa, además, sabe acelerar. Los relatos avanzan con una velocidad casi audiovisual. Hay escenas que parecen pedir montaje, música y cámara en mano. Podrían convertirse fácilmente en una serie de streaming. Y eso puede ser un elogio o una advertencia: la autora conoce perfectamente la velocidad narrativa de nuestra época.

Pero Medea me cantó un corrido no se reduce a una colección de historias de violencia. Su asunto más profundo es otro: qué hacemos con aquello que hicieron de nosotras.

Ahí aparece la identidad. Las protagonistas no quedan definidas exclusivamente por la violencia que han sufrido. Aunque hayan sido víctimas de abuso, desigualdad, abandono o violencia, conservan —o intentan recuperar— la capacidad de decidir qué hacer, cómo responder y qué rumbo tomar.

Esta preocupación dialoga naturalmente con otras reflexiones sobre transformación y cuerpo presentes en la crítica artística contemporánea. En La piel de las estrellas(...), por ejemplo, la identidad aparece como algo que se transforma en lugar de permanecer congelado. En De la Cerda ocurre algo semejante, pero sin constelaciones tranquilizadoras: aquí la metamorfosis ocurre entre heridas, deseo, rabia y supervivencia.

¿Tiene defectos? Sí. La propia construcción de Medea puede parecer demasiado funcional en algunos momentos. Aunque algunos críticos han señalado que la complejidad trágica del personaje queda reducida por su conversión en figura de acompañamiento político. Es una objeción seria.

Pero también puede leerse al revés: precisamente porque Medea deja de ser intocable, comienza a ser útil. La tragedia abandona el museo y entra en la conversación cotidiana.

Y esa es la apuesta que valorar.

En tiempos de algoritmos que nos dicen qué indignarnos, qué amar y qué cancelar antes de que terminemos de entenderlo, De la Cerda escribe desde una zona mucho menos cómoda. No busca personajes impecables. Busca personajes vivos. Mujeres que pueden ser contradictorias, vulgares, inteligentes, furiosas, tiernas, crueles o divertidas. Como cualquiera. Como nosotros, solo que con menos paciencia para fingir que el mundo funciona.

Por eso considero Medea me cantó un corrido un libro imprescindible de la literatura mexicana contemporánea, aunque no necesariamente un libro para todos los lectores. Quien busque una recreación filológicamente rigurosa del mito probablemente saldrá decepcionado. Quien quiera cuentos mexicanos contemporáneos, oralidad, humor negro y una confrontación directa con la violencia encontrará mucho más.

Y quizá esa sea la mejor forma de leerlo: no preguntándole si respeta suficientemente a Eurípides, sino preguntándonos qué queda de Medea cuando cambia el palacio por el barrio.

Queda la rabia. Queda el abandono. Queda la necesidad de sobrevivir. Y queda, sobre todo, una pregunta incómoda: ¿Qué ocurre cuando una mujer deja de aceptar que su dolor sea el precio de la tranquilidad de otros?

Ahí está la verdadera fuerza del libro.

Recomiendo Medea me cantó un corrido especialmente a quienes quieran entrar en la literatura mexicana contemporánea desde una voz provocadora, popular y deliberadamente incómoda. Léelo cuando tengas ganas de una historia que no venga a acariciarte la cabeza, y cuando estés cansado de personajes políticamente correctos y emocionalmente de plástico.

Léelo, sobre todo, cuando quieras recordar que la literatura todavía puede hacer algo que ninguna plataforma consigue del todo: obligarnos a escuchar una voz que preferiríamos silenciar.

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