AztLÁn, túnel del tiempo presenta arte chicano de distintas generaciones
en el Museo del Palacio de Bellas Artes.
AztLÁn, túnel del tiempo es la primera exposición dedicada al arte chicano presentada en el Museo del Palacio de Bellas Artes. Reúne más de 70 obras de 33 artistas y colectivos de distintas generaciones, principalmente vinculados con Los Ángeles, para abordar memoria, migración, identidad, territorio, comunidad y las relaciones históricas entre México y Estados Unidos.
La
exposición AztLÁn, túnel del tiempo mantiene su presencia en la agenda
cultural de Ciudad de México mientras se aproxima el cierre programado para el
23 de agosto de 2026. Presentada desde el 25 de marzo en el Museo del Palacio
de Bellas Artes, constituye la primera exposición de arte chicano
organizada en este recinto y reúne obras históricas y contemporáneas de varias
generaciones de artistas de ascendencia mexicana y latina, principalmente
radicados en Los Ángeles.
La
muestra reúne más de 70 obras y está integrada por 33 artistas y colectivos
contemporáneos. La curaduría corresponde a Rubén Ortiz-Torres y Jesse Lerner,
con Joshua Sánchez como curador asociado y Rita González como asesora. El
proyecto articula diferentes momentos y lenguajes del arte chicano en México,
desde pintura y gráfica hasta fotografía, instalación, video, escultura y
prácticas vinculadas con el espacio urbano.
El título
remite a Aztlán, lugar mítico de origen asociado con los mexicas. Durante el
desarrollo del movimiento chicano, el concepto adquirió una dimensión política
y cultural vinculada con la memoria de los territorios del actual suroeste de
Estados Unidos que pertenecieron a México antes del Tratado de Guadalupe
Hidalgo de 1848. La exposición utiliza esa referencia como punto de partida
para revisar procesos de pertenencia, desplazamiento e identidad.
La
historia del movimiento chicano está estrechamente relacionada con las
luchas sociales y culturales desarrolladas por comunidades mexicoamericanas
durante el siglo XX. El arte desempeñó un papel relevante mediante murales,
gráfica, carteles, fotografía, performance y acciones comunitarias. Según el
INBAL, estas prácticas funcionaron como espacios de construcción de comunidad y
como respuestas a experiencias de exclusión.
En Bellas
Artes, esa trayectoria aparece vinculada con problemas que continúan formando
parte del debate contemporáneo: migración y arte, memoria, territorio,
barrios, identidad y representación. La exposición también incorpora
referencias al pachuco, el arte urbano, el desmuralismo, la influencia de David
Alfaro Siqueiros en Los Ángeles, el futurismo indígena, la ciencia ficción y
las deidades aztecas.
La
relación entre México y las comunidades chicanas en Estados Unidos constituye
otro de los ejes del proyecto. En lugar de presentar la experiencia chicana
como una categoría exclusivamente nacional, la exposición plantea un espacio
cultural atravesado por desplazamientos, intercambios y formas de identidad
híbrida. Esa perspectiva permite situar el arte mexicano-estadounidense
dentro de una historia transfronteriza.
La
actualidad de la muestra también se ha extendido fuera de las salas. En julio,
el Museo del Palacio de Bellas Artes anunció el Encuentro Internacional de
Arte Chicanx, realizado entre el 30 de julio y el 1 de agosto, con
conversatorios y un programa cinematográfico asociado a la Cineteca Nacional.
Entre los participantes estuvieron artistas, investigadores y figuras
vinculadas con la cultura chicana, entre ellas Alice Bag, Beatriz Cortez, Chaz
Bojórquez, Graciela Iturbide, Luis J. Rodríguez, Rita González y Sayak
Valencia.
La
programación complementaria confirma que AztLÁn no se limita a una
presentación de objetos artísticos. En mayo comenzó además un club de lectura
dedicado a revisar el arte chicano como experiencia estética, política y
comunitaria. El programa fue concebido para abordar sus genealogías y las
tensiones que atraviesan este movimiento.
En junio,
el museo presentó el catálogo de la exposición. La publicación incorpora
ensayos críticos, textos inéditos, reproducciones de las obras y contribuciones
de autores como Víctor Estrada, Oscar Magallanes, Natalie Diaz, Sesshu Foster y
Sandra de la Loza. Para Rubén Ortiz-Torres, el catálogo funciona como una
“cartografía de la resistencia”, aunque esa caracterización corresponde a la
interpretación del curador y no a una definición institucional del movimiento.
La
incorporación del arte chicano en Bellas Artes modifica también la
relación entre una tradición artística nacida en gran medida fuera de México y
una de las instituciones centrales de la historia artística mexicana. Su
presencia permite revisar las fronteras convencionales con las que se han
organizado los relatos del arte del siglo XX y XXI.
En ese
sentido, AztLÁn, túnel del tiempo se suma a una conversación más amplia
sobre identidad, memoria y representación que también atraviesa otras
expresiones del arte político y del arte latinoamericano.
La
exposición permanecerá abierta en el Museo del Palacio de Bellas Artes hasta el
23 de agosto de 2026, de martes a domingo, de 10:00 a 18:00 horas. La
entrada general tiene un costo de 95 pesos; existen accesos gratuitos para
determinados grupos y los domingos para el público general.
A medida que se acerca su cierre, AztLÁn, túnel del tiempo deja planteada una cuestión que excede la programación de una exposición: cómo incorporar al relato institucional del arte mexicano las experiencias de comunidades cuya historia se desarrolló a ambos lados de una frontera. En Bellas Artes, esa discusión ya no ocurre únicamente en los libros de historia: desde marzo de 2026 ocupa las salas del museo.