Donnie Darko de Richard Kelly. Fotograma |
Hay un
tipo de película que no se contenta con ser vista. Exige ser resuelta, como un
acertijo que se enreda en sí mismo mientras el espectador envía correos
electrónicos desconcertados a sus amigos, tratando de dar sentido a lo que
acaba de presenciar. Donnie Darko es exactamente esa clase de
película.
Llegó a
los cines en octubre de 2001, ese mes terrible en el que el mundo se sentía tan
frágil como un motor de avión desprendido en pleno vuelo. Fue un fracaso de
taquilla, apenas medio millón de dólares, y algunos críticos la llamaron “insufrible,
grumosa y dolorosa”.
Pero el
cine, como la vida, a veces necesita tiempo para revelar su verdadero rostro. Y
veinte años después, Donnie Darko se ha convertido en algo más
que una película: es un fenómeno, un objeto de culto que sigue generando
teorías y debates como ninguna otra obra de su tiempo.
La
película nos presenta a Donnie Darko, interpretado por un Jake Gyllenhaal que
ya en aquel entonces tenía esa mirada de quien lucha contra demonios que nadie
más puede ver. Es un adolescente que sufre sonambulismo, que vaga por las
noches sin saber muy bien por qué, y que escucha voces que nadie más oye. Vive
en los suburbios de Virginia en 1988, en esa América de Reagan que Richard
Kelly retrata con una precisión casi documental, pero que pronto se desliza
hacia lo surrealista. Su terapeuta cree que tiene esquizofrenia. Su madre está
preocupada. Sus hermanas lo miran con esa mezcla de cariño y distancia que solo
existe en las familias que ya no saben cómo ayudarse. Y entonces, una noche,
una voz lo llama desde el jardín. Es un conejo gigante, de aspecto terrorífico,
que se hace llamar Frank. Frank le dice que el mundo se acabará en veintiocho
días, seis horas, cuarenta y dos minutos y doce segundos.
Esa misma
noche, mientras Donnie está fuera de su habitación siguiendo las instrucciones
de Frank, el motor de un avión cae del cielo y atraviesa su techo. Si no
hubiera sido sonámbulo, estaría muerto. Y aquí comienza lo que solo puede
describirse como un viaje, aunque no estoy seguro de hacia dónde. La película
no es fácil de clasificar: hay ciencia ficción, terror, thriller psicológico,
drama juvenil existencial y un toque de surrealismo que recuerda a David Lynch.
Pero Kelly no imita a nadie. Su película es original, vibrante y profundamente
inquietante. Y aunque la trama se enreda sobre sí misma hasta que el espectador
termina rascándose la cabeza, hay algo en su atmósfera que nos impide apartar
la mirada.
Lo que
hace especial a Donnie Darko no es su complejidad, sino su
capacidad para capturar la ansiedad de la adolescencia con una honestidad que
duele. Donnie no es un héroe. Es un chico que ha sido expulsado de la escuela
por incendiar una casa abandonada, que discute con sus padres y que se siente
completamente fuera de lugar en un mundo que parece diseñado para excluirlo. Su
relación con Gretchen, interpretada por una Jena Malone que irradia una
vulnerabilidad magnética, es el único destello de luz en su vida. Cuando ella
llega a la clase de la señorita Pomeroy (Drew Barrymore, que también produjo la
película) y se sienta a su lado, hay un momento de conexión que trasciende la
extrañeza de todo lo demás. Es un recordatorio de que, incluso en medio del
caos, el afecto humano puede ser un ancla.
La
dirección de Richard Kelly es sorprendentemente segura para ser una ópera
prima. La película tiene una textura visual que mezcla la calidez de los
suburbios americanos con una inquietud creciente. Los planos son cuidadosos,
casi obsesivos, y la banda sonora, con canciones de Tears for Fears y Echo
& the Bunnymen, crea una atmósfera que es a la vez nostálgica y amenazante.
Hay una escena, en la que Donnie y Gretchen caminan por un campo de golf bajo
un cielo que parece a punto de desmoronarse, que captura perfectamente esa
sensación de estar al borde de algo que no podemos nombrar. No es solo el fin
del mundo lo que se acerca; es el fin de la inocencia, el fin de la certeza, el
fin de la idea de que hay respuestas para todo.
Y sin
embargo, hay quien ha criticado la película por su falta de claridad. Roger
Ebert, en su reseña de 2004, admitió que no podía explicar los eventos de la
película, pero que eso ya no le molestaba tanto. “Lo que tenemos”, escribió, “en
ambas versiones, es una película de paradojas que parece involucrar viajes en
el tiempo o universos paralelos”.
Esa es
precisamente la grandeza de Donnie Darko: no necesita ser entendida
para ser sentida. La película no nos ofrece respuestas; nos ofrece preguntas.
¿Qué es Frank? ¿Es real o es una alucinación? ¿El viaje en el tiempo es literal
o metafórico? ¿Y qué significa ese libro, La filosofía de los viajes en
el tiempo, que la anciana Roberta Sparrow le regala a Donnie? No lo
sé. Pero la incertidumbre, amigos, es parte de la experiencia.
El final
de la película es, quizás, lo que la ha convertido en un objeto de culto. Sin
revelar demasiado, Donnie Darko termina con una elección: la
posibilidad de deshacer todo lo que ha sucedido, de regresar al momento antes
de que el motor cayera, y de aceptar el destino que Frank le había revelado. Es
una decisión que tiene algo de heroico, pero también de profundamente triste.
Donnie elige sacrificarse para salvar a los demás, y en ese gesto, la película
encuentra su verdadero significado. No se trata de viajes en el tiempo o de
universos paralelos; se trata de un adolescente que, en su búsqueda de sentido,
descubre que el amor y el sacrificio son las únicas fuerzas que realmente
importan.
Varios
años después de su estreno, Donnie Darko sigue siendo una
película que divide a la crítica y al público. Hay quienes la consideran una
obra maestra y quienes la tachan de pretenciosa. Pero lo que nadie puede negar
es su poder para generar conversación. La película ha inspirado innumerables
teorías, análisis y debates, y su legado es innegable. Ha influido en series
como Dark y en una generación de cineastas que han intentado
capturar esa misma mezcla de ciencia ficción y angustia adolescente. Y aunque
su director, Richard Kelly, no ha vuelto a alcanzar el mismo nivel de
reconocimiento, su ópera prima sigue siendo un recordatorio de que el cine, en
su mejor momento, puede ser un espejo de nuestras propias ansiedades.
Al salir
del cine, uno no puede evitar preguntarse: ¿Qué haría yo si un conejo gigante
me dijera que el mundo se va a acabar? ¿Y si la respuesta, como sugiere Donnie
Darko, no estuviera en evitar el fin, sino en aceptarlo con los brazos
abiertos?
Esa pregunta es la que me ha acompañado durante años, como un zumbido que no se apaga. Y quizás, como Donnie, todos estamos esperando que algo caiga del cielo para recordarnos que estamos vivos.