Dioses de migajón, de Sofía Morfín Jean, es un libro de cuentos mexicanos publicado por Níspero Ediciones en 2025. Sus relatos exploran la fe, la religión, el deseo, la muerte y el poder mediante humor, fantasía y estructuras narrativas diversas. Es una obra provocadora que convierte las creencias cotidianas en materia de imaginación, crítica y extrañeza.
Sofía
Morfín Jean, autora de Dioses de migajón, una de las voces emergentes
de
la narrativa mexicana contemporánea
Hay libros que hablan de Dios. Hay otros que prefieren preguntarle qué demonios está haciendo aquí. Dioses de migajón, de Sofía Morfín Jean, pertenece descaradamente a la segunda categoría. Y menos mal. Porque si la religión suele presentarse en literatura con solemnidad, incienso y cara de estatua barroca, Morfín Jean llega con otra caja de herramientas: humor negro, criaturas improbables, deseo, muerte, cuerpos, superstición y una imaginación que parece haber desayunado dinamita.
Publicado en 2025 por Níspero Ediciones, este
volumen de cuentos reúne relatos mexicanos atravesados por una preocupación
común: la fe y sus peligros. El registro bibliográfico lo clasifica como
narrativa mexicana y ficción sobre estilos de vida contemporáneos; la propia
descripción editorial insiste en esa mezcla de incertidumbre, perturbación y
creencias.
Y aquí
conviene hacer una advertencia: Dioses de migajón no es un libro para quien
necesite que la literatura le explique dónde está parado. Morfín Jean
prefiere retirar el piso. Un cuento puede comenzar con una lógica reconocible y
terminar en un territorio mitológico, fantástico o delirante. La autora no
parece interesada en construir un universo confortable para el lector. Quiere
comprobar cuánto tiempo podemos mantener nuestras certezas cuando alguien
empieza a mover los muebles. ¿Religión? Sí. ¿Pero qué clase de religión? ¿La de
los dioses tradicionales? ¿La de las vírgenes? ¿La del cuerpo? ¿La del
alimento? ¿La de la propia imaginación? Ahí comienza el verdadero juego.
El
volumen contiene historias de muy distinta naturaleza, pero su diversidad
formal no significa dispersión absoluta. Eduardo Cerdán ha señalado que los
relatos exploran credos depositados en dioses, vírgenes, alimentos y cuerpos, y
destaca especialmente “Nosotras”, relato protagonizado por un grupo de mujeres
que visita a una amiga moribunda. También identifica en el libro una voluntad
evidente de experimentar con estructuras narrativas diferentes y unas
obsesiones recurrentes que terminan configurando una poética propia.
Eso es importante porque Dioses de migajón no debe juzgarse como si todos sus cuentos fueran variaciones de una misma fórmula. Morfín Jean parece más interesada en probar qué puede hacer el cuento que en demostrar que domina una sola receta.
Y ahí está uno de sus mayores méritos. La autora cambia de
registro, ensancha el campo de juego y deja que cada historia encuentre su propia
respiración. A veces funciona con una precisión extraordinaria. Otras, se
excede. Pero incluso sus excesos resultan reveladores: estamos ante una
escritora que quiere llevar el género hasta donde aguante.
Su
trayectoria ayuda a entender esa ambición. Morfín Jean estudió ingeniería
química y posteriormente cursó el Diplomado en Escritura Creativa de la SOGEM.
En 2023 obtuvo el Premio de Literatura Gilberto Owen en Narrativa por Big
Bang Bermellón, su primer libro de cuentos. Dioses de migajón
representa, por tanto, una segunda estación literaria, no el debut de alguien
que acaba de descubrir que las palabras pueden ponerse juntas.
Y se nota en el oficio.
Pero
también hay hambre.
Una de
las características más interesantes de la literatura mexicana contemporánea
es precisamente su capacidad para desmontar las fronteras entre lo cotidiano y
lo fantástico. Morfín Jean participa de esa conversación sin limitarse a
repetir fórmulas conocidas. Sus historias pueden contener humor y tragedia
dentro de una misma respiración. Una situación absurda puede conducir hacia una
pregunta filosófica; una escena aparentemente grotesca puede revelar una
relación dolorosamente humana con el deseo o la muerte.
Si has
leído la reseña de Medea me cantó un corrido encontrarás aquí una preocupación vecina: la capacidad de la literatura
mexicana actual para tomar materiales culturales profundamente arraigados y
hacerlos estallar desde dentro. Pero donde Dahlia de la Cerda utiliza el mito
de Medea para confrontar violencia, género y realidad mexicana, Morfín Jean
abre un laboratorio mucho más imprevisible de creencias, cuerpos y criaturas.
La religión, entonces, no funciona simplemente como tema, sino como mecanismo narrativo. y eso lo cambia todo.
Porque la autora no parece preguntarse únicamente qué creemos, sino qué estamos dispuestos a hacer porque creemos. Y esa es una pregunta mucho más incómoda. La fe puede consolar. Puede ordenar el mundo. Puede proporcionar comunidad. Pero también puede justificar el sacrificio, la violencia, la obediencia o el absurdo.
En estos cuentos, lo sagrado pierde su pedestal y
entra en contacto con aquello que normalmente intentamos mantener separado:
deseo, enfermedad, muerte, sexo, miedo y humor.
Sí, humor. Mucho humor.
Y eso
salva al libro de convertirse en una procesión interminable de solemnidad.
Morfín Jean entiende algo elemental: burlarse de nuestras certezas no significa
necesariamente despreciarlas. A veces es la única manera de examinarlas. Una
carcajada puede ser una herramienta crítica bastante más afilada que veinte
páginas de teoría.
Aquí
aparece también el gran desafío del volumen: el exceso. Cerdán señala
que algunos relatos necesitan mayor síntesis y que determinadas digresiones
podrían haberse podado. Su observación es pertinente. En “Morir en Nuumela”,
por ejemplo, identifica un arranque demasiado extenso antes de que la historia
encuentre su verdadera fuerza en los personajes y sus acciones.
Estoy de acuerdo.
El cuento
exige precisión. Puede permitirse ser extraño, barroco, delirante o incluso
desmesurado, pero cada elemento debería aumentar la presión narrativa. Cuando
una digresión no modifica el sentido, la tensión o la percepción del lector,
comienza a sentirse como equipaje innecesario. Morfín Jean tiene imaginación
suficiente para llenar diez habitaciones; ahora necesita decidir cuáles
conviene conservar.
Pero justamente ahí aparece una paradoja estimulante: los defectos de Dioses de migajón son los defectos de una escritora que está arriesgando. Eso es preferible a la perfección anestesiada.
Siempre es preferible una autora que ocasionalmente se
exceda a otra que jamás se atreva a salir de la línea.
La mejor
prueba está en “Nosotras”. Según Cerdán, el relato adquiere particular fuerza
cuando el grupo de mujeres visita a una amiga que morirá al día siguiente y la
historia evoluciona hacia un enfrentamiento generacional. Allí la ficción
abandona progresivamente la anécdota y se convierte en relato de ideas.
Ese desplazamiento es revelador: Morfín Jean no quiere únicamente contarnos historias raras. Quiere utilizar lo raro para hablar de cosas muy reales.
La
muerte, por ejemplo.
Pero
también la necesidad de creer.
La necesidad de controlar; de encontrar significado cuando el mundo se comporta como una aplicación que acaba de perder la conexión con el servidor.
Y quizá
por eso el libro conversa tan bien con la sensibilidad contemporánea. Vivimos
rodeados de sistemas de creencias. Religiosos, políticos, digitales,
identitarios, económicos. Cambiamos una iglesia por un algoritmo y seguimos
esperando que alguien nos diga qué hacer. Seguimos buscando respuestas.
Seguimos construyendo pequeños dioses con los materiales que encontramos a
mano.
Migajones
incluidos.
En ese
sentido, el título resulta magnífico. Un dios hecho de migajas es una
contradicción deliciosa: algo que pretende ser absoluto pero está construido
con restos. Algo que exige reverencia aunque pueda desmoronarse entre los
dedos. La metáfora resume buena parte del espíritu del libro: nuestras
certezas pueden ser enormes en nuestra cabeza y diminutas en el mundo.
Si Dioses
de migajón comparte territorio con otros libros de cuentos mexicanos,
no lo hace porque busque parecerse a ellos, sino porque participa de una
literatura que está explorando nuevas formas de hablar desde México sin
convertir lo mexicano en postal. En Donde termina el verano, de Elma
Correa, encontramos otra muestra de cómo la narrativa
contemporánea puede abordar experiencias reconocibles desde una sensibilidad
propia. Y en Intermezzo, de Sally Rooney, aparece
otra preocupación cercana: cómo la intimidad, el duelo y las relaciones pueden
convertirse en materia literaria sin perder contacto con el presente.
Pero
Morfín Jean juega otro partido.
Su territorio es más extraño, fantástico e irreverente.
Y, en sus
mejores momentos, mucho más inquietante.
Definitivamente, es un libro que merece ser leído
Dioses de migajón es un libro recomendable y una de las
apuestas más estimulantes de la narrativa breve mexicana reciente, aunque
no sea perfecto. Su principal virtud está en la imaginación y en la disposición
de Sofía Morfín Jean para experimentar con las posibilidades del cuento. Su
principal debilidad aparece cuando esa misma libertad se transforma en exceso.
Pero hay
algo que no se puede negar: aquí hay una voz.
Y eso importa muchísimo.
En un
mercado saturado de novelas diseñadas para convertirse en contenido, de
personajes preparados para el algoritmo y de libros que parecen escritos
pensando ya en su adaptación audiovisual, encontrar una autora interesada en
torcer estructuras, incomodar al lector y explorar obsesiones propias resulta
refrescante.
Dioses de migajón no pide devoción. La pone a prueba.
Y quizá esa sea su mejor provocación.