Yesteryear de Caro Claire Burke
Creo que
el libro del que más se ha hablado en 2026, el que ha partido internet en dos
bandos como no veíamos desde los días de Romper el círculo,
es Yesteryear de Caro Claire Burke. Y voy a ser sincero:
llegué a él con el ceño fruncido, porque el fenómeno “tradwife” —esa estética
de granjera perfecta, vestidos de cuadros y mantequilla casera que inunda
nuestro Instagram— me produce una mezcla de fascinación hipnótica y repelús
instantánea, como cuando ves un vídeo de una casa minimalista totalmente blanca
y sabes que es imposible vivir ahí. Pero luego leí la premisa y pensé: ok, esto
es un Black Mirror versión siglo XIX, y tengo que saber cómo
termina.
Natalie
Heller Mills es la reina indiscutible de ese universo: madre de seis hijos,
esposa devota y creadora de contenido que ha convertido su rancho en Idaho en
un altar a la vida pionera, con millones de seguidores devorando cada historia
de sus pollos y su leche cruda. Es el sueño americano filtrado, la perfección
hecha algoritmo. Hasta que un día se despierta y ya no hay filtros.
Literalmente. Está en 1855, en la América profunda y sin WiFi, donde ser “tradwife”
no es una elección estética sino una condena de hierro, y donde su discurso de “mujer
tradicional” choca de frente con la realidad más cruda y menos fotogénica que
puedas imaginar.
Lo que
hace Burke con esta premisa es, sencillamente, una obra maestra de la
incomodidad. Su prosa es un cuchillo: rápida, afilada, con capítulos que vuelan
y diálogos que escuecen. No hay piedad para Natalie, y ahí reside la genialidad
de la novela. Burke se niega a hacerla simpática o redimible; nos la presenta
como una narradora poco fiable, egocéntrica, hipócrita, y nos obliga a vivir en
su cabeza mientras su mundo de tarjetas de crédito y seguidores se desmorona en
un lodazal de 1855.
Es como
ver a la influencer de viajes que siempre publica atardeceres perfectos, pero
de repente la cámara se vuelve hacia el lado del cámara, que está teniendo una
crisis nerviosa porque el coche de alquiler no arranca. La tensión es brutal
porque, y esto es lo más inteligente del libro, la autora nunca te dice del
todo si esto es un viaje en el tiempo, un reality show sádico, un castigo
divino o el colapso mental de una mujer que ha vivido demasiado tiempo en una
burbuja.
Y esa
ambigüedad, lejos de ser un defecto, es el motor que te hace devorar las
páginas como si fueran palomitas, preguntándote a cada capítulo: ¿esto es real
o es su conciencia atormentándola?
Aquí es
donde la novela se convierte en algo mucho más grande que un simple thriller de
época. Yesteryear es una sátira social mordaz y necesaria que
disecciona nuestra obsesión por la imagen y la idealización de un pasado que
nunca existió. Burke utiliza el viaje en el tiempo como un espejo deformante
para mostrarnos la ironía de nuestro presente: la contradicción de querer todos
los lujos de la modernidad mientras romantizamos una época donde esos lujos
eran impensables, especialmente para las mujeres.
La novela
pregunta: ¿qué pasa cuando te conviertes en prisionera de la identidad que tú
misma has construido? ¿Qué ocurre cuando el “sueño” que vendes se
convierte en la pesadilla de la que no puedes despertar? Es una reflexión
brutal sobre el precio de la autenticidad en la era de la performance
constante, sobre la soledad de la fama digital y sobre cómo los roles de
género, por mucho que los embadurnemos con estética vintage, siguen siendo una
jaula. Y para rematar, la autora logra un truco de magia narrativa: la historia
es tan adictiva y entretenida que casi no te das cuenta de que te está dando
una lección de sociología y política contemporánea, una que, por cierto, ya ha
generado miles de ensayos y columnas de opinión.
Creo, con
certeza, que no todo el mundo va a conectar con esto. Hay quien dice que Burke
pierde el control de algunas de sus ideas, que plantea muchas preguntas y no
responde a todas. Y es cierto, el final es incómodo, abierto, y te deja esa
sensación rara en el estómago, como cuando terminas una serie y no sabes muy
bien qué sentir. Pero para mí, esa incomodidad es la prueba de que la novela ha
hecho su trabajo. No busques aquí un mensaje moral claro ni un final feliz con
lazo. Yesteryear no te da respuestas fáciles; solamente te
obliga a pensar.
Por eso
la gente o la ama o la odia, y por eso las reseñas en BookTok son un campo de
batalla donde la gente cambia de opinión cada dos semanas. La novela tiene sus
momentos de saturación —a veces el ritmo es tan frenético que algunos
personajes secundarios se difuminan—, pero su premisa, su audacia y su prosa
voraz la convierten en un fenómeno literario en el presenta año.
Entonces,
¿para quién es este libro? Si eres de los que disfrutan con un thriller
psicológico que te haga sentir inteligente mientras te diviertes, si te gusta
la sátira negra y no te asusta un personaje principal que es un desastre moral,
y si alguna vez has pasado veinte minutos viendo vídeos de mudanzas a la cabaña
y te has preguntado “¿pero esta gente a qué hora trabaja?”, este libro es para
ti. Es la lectura perfecta para un fin de semana lluvioso, o para ese viaje en
tren donde quieres desconectar del mundo pero, paradójicamente, conectar con
las preguntas más incómodas de nuestro tiempo.
Pero, es justo aclarar: cuando termines la última página, no vas a poder evitar mirar tu propio feed de redes sociales con otros ojos. Y quizás, solo quizás, eso sea lo más valioso que un libro puede hacerte. Imprescindible.