¿Te han
interesado las novelas que parafrasean a otras? Debo confesar que a mí sí…
Aunque,
antes de comenzar la lectura de James supuse que me enfrentaba a otra
reescritura de un clásico para contentar a los académicos me dispuse, sin
prejuicios a leer la primer página. Y luego la segunda. Y cuando quise darme
cuenta, después de tres días, había devorado el libro entero y estaba temblando
como si hubiera visto un fantasma.
Y
sí, James es todo lo que supuse, y mucho más.
La
premisa es muy simple: Percival Everett toma Las aventuras de
Huckleberry Finn de Mark Twain y la cuenta desde el punto de vista de
Jim, el esclavo que huye con Huck por el río Misisipi. Pero no es una simple
inversión de perspectiva. Es una demolición. Everett convierte a Jim en James,
un hombre que ha aprendido a leer y escribir a escondidas en la biblioteca de
su amo, que habla con una elocuencia que oculta bajo un dialecto impostado para
sobrevivir, y que no es el comparsa ingenuo de la novela original sino el
verdadero protagonista de su propia historia.
La trama
sigue los mismos hitos que conocemos: la huida, el encuentro con Huck, el viaje
en balsa, los peligros del río. Pero todo se transforma cuando lo ves con los
ojos de James. Porque mientras Huck juega a ser un fugitivo, James está huyendo
de la muerte. Mientras Huck se debate entre su conciencia y las normas de su
tiempo, James ya sabe que su conciencia es lo único que le queda. Y mientras
Huck puede permitirse el lujo de la duda, James no tiene ese privilegio. Cada
decisión es cuestión de vida o muerte.
La prosa
de Percival Everett destaca; es un hacha. Pero no un hacha que corta leña
y ya está. Es un hacha que entra en la madera y la parte en dos, revelando la
veta que siempre estuvo ahí pero que nadie había visto. Everett escribe con una
precisión quirúrgica y un humor feroz que desarma al lector, alternando
momentos de una tensión casi insoportable con destellos de ironía que te hacen
reír a carcajadas y luego sentirte culpable por reírte. Hay un pasaje en el que
James describe cómo ha perfeccionado su “voz de esclavo” —ese dialecto que los
blancos esperan oír— y lo hace con una lucidez tan despiadada que te deja sin
aliento. Esa es la genialidad de Everett: nos muestra que el lenguaje no es
solo comunicación, es una máscara, una herramienta de supervivencia, una prisión
y, a veces, la única llave para escapar de ella. Y lo hace sin moralinas, sin
discursos, solo con la fuerza de una historia que te atrapa y no te suelta.
Pero lo
que realmente hace que James sea una obra maestra es cómo
Everett utiliza la estructura del viaje —esa cartografía del río, ese mapa de
la fuga— como un espejo de la búsqueda del sentido. Como esos dibujos de JoséFaz Ipiña que, según leí en una reseña fascinante, “operan como espejos velados
que reflejan una verdad esquiva, una pregunta que se nos clava sin piedad en el
pecho”, la novela de Everett nos confronta con preguntas que no tienen
respuesta fácil: ¿qué significa ser libre cuando la libertad es un concepto que
te han negado desde que naciste? ¿Qué significa tener un nombre cuando ese
nombre te lo han impuesto? ¿Qué significa ser humano cuando la humanidad te ha
sido arrebatada?
James no
es solo un esclavo que huye; es un hombre que construye su identidad en cada
remada, en cada palabra que escribe a escondidas, en cada decisión que toma
para proteger a los suyos. Y en ese viaje, nos muestra que la verdadera
cartografía no es la del río, sino la del alma.
Y aquí es
donde la novela se convierte en algo mucho más grande que una simple
reescritura. Everett no está corrigiendo a Twain; está dialogando con él, está
desenterrando lo que Twain insinuó pero no pudo o no quiso decir. Está
devolviendo la voz a quien nunca la tuvo. Y lo hace con una inteligencia
sobrecogedora que te hace replantearte no solo la novela original, sino toda la
literatura estadounidense. Porque James no es solo la historia
de un esclavo; es la historia de cómo se construye la identidad en medio de la
opresión, de cómo el amor y la lealtad pueden ser la única brújula en un mundo
que te ha negado todo lo demás.
James es,
en el fondo, una novela sobre la dignidad. Sobre cómo un hombre puede mantener
intacta su humanidad incluso cuando todo a su alrededor conspira para
arrebatársela.
Pero este
no es un libro perfecto, ninguno lo es. El ritmo, deliberadamente fragmentado,
puede desorientar a algunos lectores, y el final, abierto y ambiguo, te deja
con esa sensación rara en el estómago, como cuando terminas una serie y no
sabes muy bien qué sentir.
Sin
embargo, y honestamente, ¿a quién le importa? Porque cuando llegas a la última
página, cuando entiendes que James no ha estado huyendo del sur sino hacia sí
mismo, entiendes que Everett no estaba escribiendo una novela sobre la
esclavitud. Estaba escribiendo una novela sobre la libertad. Sobre cómo todos
estamos, de alguna manera, atrapados en nuestras propias balsas, remando contra
la corriente de lo que se espera de nosotros, y cómo a veces la única manera de
ser libres es aceptar que nunca lo seremos del todo.
Y así
como la lectura de James es imprescindible, también lo es la pregunta ¿para
quién es este libro? Si te gusta la literatura que te sacude y te transforma,
si disfrutas con personajes tan complejos que sientes que los conoces de toda
la vida, y si no te asusta enfrentarte a las preguntas más incómodas de la
historia y el presente, James es para ti.
Es la
lectura perfecta para cuando desees olvidarte de todo. Para cuando necesites un
tiempo en soledad para conectar con algo más profundo. Pero te advierto: cuando
termines, vas a mirar los clásicos con otros ojos. Y quizás te des cuenta de
que las mejores historias no son las que te cuentan, sino las que te hacen
preguntarte quién las está contando y por qué. Eso es lo que hace un gran libro; James lo
hace.